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Dr. Flores Colombino

Dr. Andrés Flores Colombino 
"Agradecemos enormemente el aporte del Dr. Andrés Flores Colombino a Naciendo Padres".

EMBARAZO Y SEXUALIDAD 


Las funciones reproductiva y erótica son suplementarias y no excluyentes. En esta instancia sólo haremos referencia a la repercusión que el embarazo tiene sobre la sexualidad de la mujer y su pareja, ya que fue un tema bien estudiado por varios autores en diferentes épocas y dio lugar a mitos y prejuicios incluidos en la propia praxis medica, cuanto más en la población general. 


Dice la antropóloga norteamericana Helen Fischer (2001), que “Por término medio, la mujer de hoy pasa menos tiempo embarazada y al cuidado de niños que en cualquier otro momento de la evolución humana”. De todas formas, coincidimos con Graziottin y col (2003) que el embarazo es un periodo transicional crítico para la vida de las mujeres. Los profundos cambios biopsicosociales que se producen durante la gravidez provocan variable efectos sobre su sexualidad. Y la de su pareja. No siempre se pueden regular los aspectos de la intimidad sexual y de la materno-paternidad. 


Según Palaia y col.(2000), los primeros estudios sobre la sexualidad en el embarazo se remontan a los años 50 del siglo XX, siempre referidos a las necesidades de proteger al feto durante el coito. Pero el primer estudio sistemático de los cambios fisiológicos de la sexualidad en el embarazo es mérito de Masters y Johnson en la década de los 60 (1966) en un subcapítulo especial sobre embarazo y respuesta sexual, de su clásico libro “Respuesta Sexual Humana”. Allí estos autores organizaron el estudio en los tres trimestres del embarazo, considerando que no se daba la misma fisiología en el embarazo en su conjunto. Y también estudiaron el postparto, la reacción masculina durante la gravidez de su pareja y el interés clínico que tenia el tema en esa época. En algunos casos, distinguieron la respuesta sexual durante el embarazo de primíparas y de multíparas. 



Vera Gamboa y col (1999) estudiaron 12 mujeres mexicanas primíparas que reveló un 91.7 % de vida sexual satisfactoria previa al embarazo, y sin establecer en qué trimestres, comenzó a instalarse después del embarazo un 58 % de menor satisfacción sexual, un 8.3 % con ausencia total de satisfacción y la frecuencia coital disminuyó de 2.6 veces por semana a 1.7 veces después del embarazo. 



La investigación sobre una muestra de 50 mujeres italianas primíparas (Palaia y col. 2000) no sólo abordó los cambios del deseo sexual, sino también la satisfacción sexual de las mujeres y la frecuencia del coito, tomando el modelo de registro trimestral, pero también otros detalles de la vida sexual como prácticas alternativas al coito, sueños sexuales y fantasías eróticas. Pero estudiar los tres trimestres por separado, es el abordaje más común de las investigaciones, que revelan claramente una caída dramática de casi todos los aspectos sexuales en el primer y tercer trimestre del embarazo, con menor repercusión en el segundo. 



EL PRIMER TRIMESTRE 



Nosotros también vamos a estudiar la sexualidad en cada uno de los tres trimestres en que puede dividirse el embarazo, siguiendo la línea de las investigaciones señaladas. 



El comienzo del embarazo marca la circunstancia particular que para cada mujer se da: si es el primero, o ya tuvo otro o varios; si hubo una buena preparación para el embarazo y el parto; si tuvo o no educación sexual; si el hijo es deseado por ambos o sólo por uno de ellos o por ninguno; si mantenían buenas relaciones sexuales antes del embarazo; si existían o no conflictos conyugales que el embarazo contribuiría a mejorar o empeorar. También es importante el antecedente de abortos previos, provocados o espontáneos, el ser hija única o de una familia numerosa; si usaban o no un anticonceptivo que falló; el antecedente de trastornos mentales de la mujer; si están casados o en pareja estable; si se cuenta efectivamente con el apoyo del padre de la criatura; si se pensó o intentó abortar ese embarazo. Todo influye. No obstante, hay algunos denominadores comunes del primer trimestre del embarazo. 



Hay parejas que celebran el embarazo de la mujer con una renovada y rica actividad sexual. Es cuando lo erótico y lo reproductivo están integrados en su sexualidad. Pero otras, por razones inversas, suspenden a actividad sexual durante todo el embarazo: la misión del sexo-reproductivo está cumplida. 


Los estudios (SIECUS 1971) (Belbey 1988) (Farré Martí y col. 1992) (Haines y col.1996) (Palaia y col. 2000) muestran que en el primer trimestre sólo un 10-18% incrementa el deseo de la mujer, un 20 a 50% mantiene igual nivel y un 35 a 48% disminuye el deseo sexual. Todos los estudios coinciden en el registro de una caída del deseo sexual en la mayoría de las mujeres embarazadas durante el primer trimestre. Para una menor actividad coital, las razones aducidas son: motivos de salud (46 %), temor a lastimar al embrión (21%), miedo al aborto (19 %) (Palaia y col. 2000), cansancio, somnolencia, ensimismamiento, oralidad, mayor apetito. Graziottin y col (2003) hallaron miedos varios como al aborto y a lastimar a la criatura en un 51.3 % de los casos. 


En algunos casos aflora la angustia a través de una labilidad emocional, se llora por cualquier causa. Desde luego, las náuseas y vómitos fueron vinculadas con inmadurez emocional y rechazo inconsciente al embarazo, pero no está probado que así sea. 


Hay trabajos (Falicov 1973) (Solberg 1973) (Pasini y Charbonier 1973) (Haines y col. 1996) que apuntan a señalar que el deseo disminuye así como la intensidad del orgasmo en la mujer, pero un grupo menor de mujeres siempre incrementan esas respuestas sexuales en cualquier trimestre. Existe una variación individual pero, como vimos, las mujeres disminuyen tanto el deseo como la actividad sexual en el primer trimestre. 


La satisfacción sexual se conserva igual que antes del embarazo en el 66 %, disminuye en un 30 % y aumenta al 4% según la investigación de Palaia y col (2000), quienes registran una brusca disminución de la frecuencia del coito en el 64 %, sólo 8 % la habían aumentado y 28 % se mantenían en frecuencia similares antes de embarazarse. Estos autores señalan que la caída de la frecuencia se registra sobre todo en quienes tenían antecedentes de aborto y en mujeres casadas. También hallaron que el 46 % habían tenido otras actividades sexuales diferentes al coito, con tendencia a aumentar la frecuencia en los demás trimestres: petting, estimulación sexual mutua y fellatio. Hecho que contradice los datos previos de Solberg (1973) que había reportado que estas actividades no coitales disminuían en el embarazo. 


Además de las motivaciones psicológicas y sociales que pueden provocar estos cambios, recordemos que hormonalmente, el cuerpo amarillo pasa a ser cíclico o gravídico, es decir, no se atrofia como cuando la mujer no es fecundada, sino que sigue comandando la secreción de esteroides, hasta la décima semana del embarazo. Desde la 5a a la 13a semana el cuerpo amarillo es substituido paulatinamente por la placenta, y la 10a semana es crucial para la instauración de la unidad feto-placentaria. La placenta toma cuenta de las secreciones hormonales de la mujer, se transforma en una glándula endócrina que produce gran variedad de hormonas, sobre todo -para nuestro interés- andrógenos a partir de la suprarrenal materna, lo que lleva a una verdadera inundación hormonal de todo el organismo de la mujer embarazada. De allí que parece embellecer en todo su cuerpo, su piel. Su femineidad adquiere su máxima expresión desde el punto de vista orgánico-funcional. La ‘belleza de la mujer embarazada’ no es una ficción, sino tiene bases biológicas. Aparece al final del primer trimestre. 



Es notable señalar que, en el primer trimestre, pese a que el abdomen de la mujer aún no muestra cambios evidentes, el temor a lastimar a la criatura está en primer lugar, tanto para ella como para su pareja masculina, como causa de inhibición de las actividades sexuales. 



Masters y Johnson (1967) encontraron un aumento progresivo de la lubricación vaginal, cerca del 70% no tiene cambios en el orgasmo, pero un 15% lo aumenta, mientras otro 15% disminuye la intensidad del mismo. Sherfey (1977) afirma que “a menudo los orgasmos femeninos se hacen más intensos durante el embarazo y después del parto, cuando aumenta la circulación sanguínea en la zona de la pelvis” 



Téngase en cuenta que el varón suele sufrir de mayor ansiedad ante el coito cuando sabe que su mujer está embarazada. Muchas culturas, como la islámica, la judía ortodoxa y los primeros cristianos, prohibían el coito durante el embarazo, así como durante la menstruación y el puerperio. En un estudio de Mchichi Alami y col (2001) en mujeres grávidas marroquíes, con su particular cultura islámica, solo decían mantener una mala relación sexual con sus parejas durante el embarazo en un 11.6 %, pero un 28.6 % había suspendido sus actividades sexuales desde el primer trimestre, no tenían deseos en un 25 % y 75 % confesaban que ellas y sus esposos temían lastimar a la criatura durante el intercurso sexual. Los japoneses y los hindúes estimulan el coito de la embarazada pensando en el semen como alimento del feto. Los animales tampoco copulan con la hembra preñada. Dice Sebastiani (1992) que en la historia de la humanidad, hace apenas 9.000 años que el ser humano conoce la relación entre el coito y la concepción y embarazo. 



SEGUNDO TRIMESTRE 



Desde el cuarto mes, el vientre es más prominente y se perciben los movimientos fetales. La placenta ya tomó cuenta de la endocrinología de la mujer, llevándola al equilibrio necesario. 


Los estudios (Farré Marti y col. 1992) demuestran que el 75% de las mujeres incrementan el deseo sexual durante la excitación, por aumento de la vascularización y aumento de la lubricación, la plataforma orgásmica es tan intensa que la mujer tiene la sensación de que la vagina está cerrada, que no hay espacio en el tercio externo de la vagina, y que la congestión de la vulva y labios menores y mayores, está incrementada en relación a épocas de no embarazo. Palaia y col. (2000) hallaron que el segundo trimestre el 32 % de las encuestadas incrementa el deseo, un 44 % mantiene el previo al embarazo y el 24 % lo disminuye. Este incremento del deseo en el segundo trimestre es el dato más significativo entre los cambios de la sexualidad de la mujer embarazada. Y no tiene que ver con la edad, religión o profesión de la mujer. 


El orgasmo no sufre cambios, pero no se percibe alivio por descongestión post-orgasmo, ya que queda congestionada. En las nulíparas el alivio ocurre entre los 10 a 15 minutos después del orgasmo mientras que en las multíparas demora de 30 a 45 minutos en producirse. Aumenta un poco el temor a dañar al feto en la mujer. En el varón hay mayor ternura por un lado, pero a veces, el temor a dañar a la criatura se incrementa al punto que busca tener relaciones extramaritales en un 5% de los esposos (Farré Martí y col 1992). 


Los movimientos fetales son importantes para el padre, que pasa mediante su percep ción, a integrarse al vínculo madre-feto (Más y Ferreira 1988), aunque también se incrementan sus temores y celos por lo que él no puede vivenciar. Según enfoques psicológicos, más que la envidia de una vagina, el varón envidiaría a la mujer su capacidad de maternidad. También los otros niños de la familia sufren de manera ambivalente los movimientos del “intruso’ que va perfilándose cada día mejor. También va en aumento el volumen del abdomen maternal, que inhibe al varón en un 43 %, pero el temor especifico a lastimar al feto se mantiene en el 18 % de los casos consultados (Palaia y col. 2000). Estos mismos autores encontraron que las mujeres habían suspendido ciertas actividades sexuales debido al embarazo en un 54 % en el primer trimestre, un 48 % en el segundo y un 44 % en el tercero. 


Reinisch y Beasley (1992) relatan el resultado de investigaciones sobre la comparación de bebés nacidos de mujeres que continuaron teniendo relaciones sexuales durante el embarazo con los de mujeres que dejaron de practicar el coito en algún momento de la gestación. No encontraron diferencias significativas en el recién nacido de ambos grupos, como tampoco la hallaron en bebés nacidos de madres que informaron haber tenido orgasmos durante el embarazo con bebés cuyas madres informaron que no los tuvieron. 


La disminución de las limitaciones sexuales y el aumento de los porcentajes sobre el deseo sexual, la satisfacción o la frecuencia del coito, en relación al primer y tercer trimestre del coito, se debe a algunos factores ya señalados, como el desarrollo de la placenta que toma cuenta del control hormonal de la mujer, la adaptación consiguiente a la condición de embarazada, a la distancia en los términos del nacimiento y los temores consiguientes, en una evidente estabilización de los sistemas de regulación del organismo, tanto hormonal, psicológico, como social y cultural. 



TERCER TRIMESTRE 



Es el período más típico, donde los cambios corporales se dan en su mayor grado. La mujer embarazada en este período es inconfundible por su postura erecta, de hiperextensión de la columna para soportar el peso del útero y su contenido, lo que le da el aspecto de “orgullo”. Si existían problemas por parte de la mujer o el varón por los cambios del esquema corporal, en este trimestre adquiere su máxima expresión: 62.2 % de los varones aducen reparos en el coito debido al volumen abdominal, aunque disminuye a 10 % el temor a lastimar al feto (Palaia y col. 2000). 


Estudios estadísticos (Graziottin y col 2003) demuestran que entre el 58 al 70% de las mujeres no están cómodas ni conformes con su cuerpo, y atribuyen a su ‘deformidad’ el que disminuyan sus deseos y actividades sexuales. En realidad, las dificultades mecánicas son mayores, pero ellas no deberían impedir una actividad sexual deseada. Es la etapa de los ‘antojos’, con pedidos de mayores mimos y cuidados. 


La investigación italiana de 191 casos (Graziottin y col. 2003) revela que las disfunciones sexuales en general, aparecen con mayor fuerza en el pasaje del segundo al tercer trimestre del embarazo. 


A veces, las embarazadas mantienen relaciones sexuales sólo por conformar al marido en un 15% y aceptan actividades sexuales orales o manuales en un 10%. No obstante, el 20% tiene relaciones sexuales satisfactorias, el 10% aumenta su deseo sexual y el 40% lo mantiene sin cambios. Pero hay una disminución de la actividad y el deseo sexual en el tercer trimestre del embarazo (Ferré Marti 1993). Según Palaia y col. (2000), el 38 % de las mujeres disminuye el deseo sexual, un 16 % lo incrementa (menor porcentaje de los tres trimestres) y 46 % mantiene igual nivel de deseo que cuando no estaba embarazada. El 64 % mantiene su satisfacción sexual, 30 % lo mantiene y solo el 6 % lo incrementa. En cuanto a la frecuencia sexual, el 54 % la disminuye, el 8 % lo incrementa y el 36 % lo mantiene. 


Fisiológicamente, sigue el aumento de lubricación, pero la excitación es más lenta. Lo característico de esta etapa es que el orgasmo produce una contracción menos intensa en la plataforma orgásmica, y existe una contracción uterina espástica de casi un minuto de duración, lo que puede provocar disminución de la frecuencia cardíaca del feto. Esta demostrado que en embarazos normales, esto no afecta al feto (Falco Martínez y Lee 1991)(Pienovi 1987)(Sebastiani 1992). 


Las contraindicaciones para el coito durante el embarazo en cualquier etapa son pocas: 1) metrorragia o hemorragias; 2) rotura prematura de membrana; 3) hipercontractilidad uterina. Según Sebastani (1992) ninguna otra causa debería contraindicar el coito. La placenta previa, la incompatibilidad cervical o antecedentes de parto prematuro, aborto habitual y amenaza de aborto, son contraindicaciones relativas que deben ser evaluadas por el ginecólogo en cada caso. 


El exceso de que se contraindicaran totalmente las relaciones sexuales durante todo el embarazo tuvo su máximo exponente en Van de Velde, el médico de principios de siglo XX que escribió sus famosa trilogía sobre “El matrimonio perfecto”, quien luego se desdijo, según Falco Martinez (1991), pero dejó su secuela de prejuicios. 


La idea de que el coito inducía partos prematuros estaba muy extendida. Ello no es así, sino en casos en que exista una patología previa, al igual que las caricias en las mamas y pezones de la mujer después del octavo mes de embarazo, sólo en las mujeres con patologías previas puede desencadenar el trabajo de parto. No obstante, el tercer trimestre del embarazo suele ser la etapa en que se indicaba con mayor frecuencia la suspensión de la actividad sexual. La duración se extendía a seis semanas previas al parto y seis semanas después. Masters y Johnson (1966) señalaban hace décadas que de las 40 mujeres nulíparas que participaron de la investigación, 31 revelaban que obedecían la prohibición médica para practicar el coito durante el tercer trimestre. Actualmente, esto ha cambiado. 



En realidad, durante su curso normal, no hay ningún momento del embarazo en que deba prohibirse el acto sexual. Graziottin y col. (2003) se quejan que los ginecólogos interrogan sobre sexualidad a sus pacientes solo en un 16.35 % de los casos de la muestra estudiada. Mientras ellas debieron tomar la iniciativa de preguntarles a sus médicos en casi el 50 %, dado que los mismos no las interrogaban sobre sus posibles problemas sexuales, pues suponían que todo funcionaba bien si no les hacían preguntas al respecto. Recomiendan incrementar la atención a los aspectos sexuales de las pacientes y de sus parejas, como una forma de paliar una necesidad no atendida o descuidada. 


SEXUALIDAD EN EL PUERPERIO 



Después del parto, era tradicional que la reanudación de las actividades sexuales se produjera después de los 40 días, ‘para evitar las infecciones’. Ni antes ni después del parto se producen infecciones por el coito, salvo excepciones y en personas que viven lejos de toda higiene elemental. 


La recuperación total de los aspectos físicos y fisiológicos de una mujer después del parto, dura aproximadamente seis meses, pero entre los 45 a 60 días ya se produjeron la mayoría de los cambios esenciales. 


Siguiendo los estudios realizados (Barousse y col 1990), el útero cierra su orificio cervical interno a los 10 días del parto y el externo unos días más tarde. El flujo sanguinolento que expulsa la mujer por su vagina originado en el útero no es menstruación sino se llama loquios, que es rojo por dos días y luego marrón y finalmente, a los 15 días, seroso transparente. El endometrio uterino se reconstituye totalmente a los 20 días del parto. La vagina recupera su aspecto habitual con arrugas en la pared, hacia los 20 días del parto. El tono muscular perivaginal es menor que antes del parto, poco a poco se va recuperando. Fue para las puérperas que tenían incontinencia urinaria que Kegel inventó los ejercicios musculares que reconstituyen el tono muscular y mejora el orgasmo. 


Si se realizó la episiotomía, más frecuente en las primíparas y en los primeros hijos, aunque a veces se efectúa en todos los partos, se cura en unos 10 días si no hay complicaciones. La mujer vuelve a menstruar al mes y medio o dos meses después del parto, a menos que amamante, la que puede demorar la menstruación mientras dure la misma. Finalmente, la presencia predominante de la prolactina como hormona que facilita la secreción de leche en la lactancia, tiene una acción anti-dopaminérgica y al mismo tiempo inhibe la función ovárica (acción anticonceptiva) y la menstruación consiguiente. Pero la lactancia como anticonceptivo no es un método seguro para nada. 


La lactancia suele otorgar beneficios fisiológicos y psicológicos para la madre, pues ayuda a estimular el útero para que se contraiga a su tamaño original. Los cambios del tamaño de los pechos, caídos y con estrías después del parto que pueden afear la imagen erótica de la mujer, no se debe a la lactancia sino al embarazo mismo. Cómo quedará la mama después del parto, es algo que no puede predecirse (Reinisch y Beasley 1992). 


El encuentro de la madre con el niño es crucial, muchas dudas y temores desaparecen y surgen otros. Los festejos de todos, las posturas maníacas de los visitantes y de la puérpera ponen en marcha mecanismos de defensa propios de cada mujer. Así, habrán las que lloran, se enojan, no tienen ganas de nada, limpian en demasía o se ensimisrnan en su tarea maternal. Sus dolores corporales, genitales y las obligaciones de lavar, cocinar, etc, deben ser aliviados con la ayuda del compañero, sobre todo, y de alguna persona que le permita asumir su rol de madre siguiendo el ritmo de sueño del bebé, si es posible. 


El padre se siente un extraño en estos casos. Raskovsky (1974) nos pide que los primeros 20 días se los dejemos a la madre en simbiosis con su niño. El padre sólo puede ayudar en todo y ya tendrá su espacio. Los primeros días de internación, luego de una cesárea, a veces, o de un parto prematuro o inducido por sustancias de acuerdo a diferentes hábitos sociales y médicos de cada cultura y país, la actividad sexual está vedada. ¿Hasta cuándo? 


Cada pareja elegirá el mejor momento para reanudar sus actividades coitales, ya que las actividades sexuales de otro tipo pueden no ser interrumpidas. La ternura, las caricias sexuales no deberían faltar nunca. Las estadísticas demuestran que la mayoría de las parejas reanudan sus actividades coitales a las tres semanas del parto, aproximadamente. Pero si hay deseo y buena higiene puede empezar antes, a las dos semanas o incluso antes. En la pequeña muestra mexicana de Vera Gamboa (1999) las parejas reanudaron sus relaciones coitales a las dos semanas del postparto y el deseo sexual se incrementó en dos de cada tres mujeres. 


En una investigación (Sebastiani 1988) de 1100 mujeres entre 21 y 43 años, reanudaron sus relaciones y hubo mayor deseo sexual en el 65% de las mujeres. El 35% restante tenía menor deseo sexual, sobre todo si no amamantaba, se irritaba o se cansaba con facilidad. Masters y Johnson (1966) recomendaban no prohibir las relaciones sexuales y el problema debía manejarse de manera individual, teniendo en cuenta no solo la capacidad fisiológica sino el aspecto psíquico favorable de la mujer. Y señalaban que el comienzo de la lactancia solía coincidir con la mejoría del deseo sexual de la mujer. También se señala que el amamantamiento produce respuestas sexuales agradables en la mujer, como las ya mencionadas contracciones uterinas y también vaginales mientras el niño succiona, por mediación de la ocitocina liberada por el cerebro, hecho normal durante la lactancia (Reinisch y Beasley 1992). 


En cuanto a los varones, tenían menor deseo y mayor ternura en un 45%, el 30% reanudaban sus relaciones sexuales por insistencia de la esposa, un 15% tenían relaciones extraconyugales para aplacar la tensión y un 10% otras relaciones ocasionales ‘para no molestar a la esposa’ puérpera. Estos últimos bajaban del 25 al 10% (los infieles) a las 6 semanas del parto. Masters y Johnson (1966) señalaban que el varón, durante este periodo de abstinencia por el parto y puerperio de su compañera, solía ser infiel por primera vez en su vida. Reichenbach (2001) reclama la necesidad que la pareja en que la mujer está embarazada sea atendida en sus problemas sexuales generados por el embarazo y puerperio, pues los consejos sobre las fluctuaciones de la sexualidad en estos periodos de la vida benefician tanto a la mujer como a su pareja masculina, generalmente no atendida. “El varón” –dice- ”tiene dificultadas para encontrar una estabilidad entre su manejo sexual y el miedo de lastimar a la criatura primero, y luego a la mujer puérpera”. Con ello se puede evitar una relación infeliz entre ellos, así como someterse a los mitos y tabúes de la ‘cuarentena’ y otros parámetros de abstinencia sexual arbitrarios, ya señalados. 



En este lapso de dos semanas post parto, el 75% de las mujeres y el 55% de los varones habían vuelto a sus niveles de deseo previos al embarazo, un 10% de las mujeres y un 25% de los varones incluso aumentaban su deseo sexual previo, y un 15% de las mujeres y un 10% de los varones tenían menos deseo que antes (Mas y Ferreira 1988). 

Con frecuencia vemos la instalación del deseo sexual inhibido en mujeres o varones, después de un parto. La visión de la mujer como madre y no como mujer, o la actitud de la mujer de excluir a su propio esposo de la unidad madre-hijo, es frecuente. También puede instalarse una dispareunia o coito doloroso para la mujer. La etiología puede radicar en una episiotomía que no ha evolucionado bien y puede llevar meses de convalecencia, así como un desgarro vaginal (Reinisch y Beasley 1992). También se debe a que la vagina carece de lubricación natural y los tejidos vaginales pueden haberse adelgazado y se irritan con facilidad. Todo debido al bajo nivel de estrógenos que se registra en las mujeres que amamantan. Se recomienda practicar el sexo oral, utilizar geles lubricantes vaginales y esperar a que la curación de las lesiones se complete antes de reiniciar las actividades coitales. Si las disfunciones sexuales persisten, es bueno consultar al sexólogo clínico, que a veces terminan con temores y malentendidos. No se debe ignorar que la sexualidad depende más de los factores psicosociales que de los hormonales. 

POSTURAS COITALES DURANTE EL EMBARAZO 


Es sobre todo en el tercer trimestre que las posturas coitales habituales deben cambiarse para seguir gozando de una buena actividad coital. No obstante, el temor a lastimar a la criatura aparece mucho antes del tercer trimestre, como ya vimos. Por tanto, las parejas adoptan posturas coitales que no presionen el abdomen femenino. La lista de posturas descritas es larga y vamos a resumirlas brevemente para este trabajo. La más mencionada es la posición de costado, frente a frente pero colocando al varón en posición perpendicular a la mujer. O con abordaje posterior, es la más cómoda según Reinisch (1992) si es en la clásica posición de ‘cucharillas’, o ‘en gatillo de escopeta’, posición que hace que se pierda el contacto visual entre ambos. Depende de las habilidades del varón, muchas veces. Pero la mujer es quien plantea lo que le es más cómodo y lo que no lo es. 


Otra postura coital frecuente es la de Walcher: la mujer colocada con los pies sobre el piso y de espaldas sobre la cama, con las nalgas en el borde de la misma. Y el varón entre sus piernas arrodillado sobre un cojín cómodo. Desde luego, está contraindicada la postura de Andrómaca, de la mujer cabalgando sobre el varón, pues se acorta la vagina a un punto en que es casi impenetrable. La posición del Misionero, del varón tendido sobre la mujer en decúbito dorsal, llega a ser impracticable con el correr de los meses. Cada pareja suele encontrar la postura coital más cómoda y placentera para realizar el coito durante el embarazo. 


LA BELLEZA DE LA MUJER EMBARAZADA 


El embarazo no es una enfermedad, sino un estado natural. El control médico está indicado para evitar complicaciones y para acompañar en lo posible la naturalidad del proceso. Pero es un período de la vida de la mujer y de su pareja muy significativo. 


La autoestima de la mujer embarazada, portadora de la maravilla de una nueva vida, debe reforzarse continuamente. Hay muy pocas cosas que una mujer embarazada de curso normal deba dejar de lado en sus actividades. No avalamos, como los antiguos japoneses, que las actividades pesadas y violentas predisponen para un mejor trabajo de parto, pero la serenidad de la mujer embarazada, su eclosión de mayor belleza por todos registrada, se contradice frecuentemente con la autoconvicción de que ella es fea, deforme y que su compañero sólo mirará a las mujeres ‘en línea’ y no embarazadas. Claro que a veces los celos son patológicos, con o sin embarazo. Tanta insistencia sobre desvalorizarse por mal manejo de los cambios de su esquema corporal, hace que haya hombres que terminan aceptando que sus mujeres están feas por el embarazo, pues las ven desarregladas, llorosas, hinchadas, vestidas con “uniformes’ de colores grises y modelos standarizados. 


El deseo sexual por la mujer embarazada debe ser como el de cualquier etapa de su vida en pareja. Hay varones que incrementan su deseo ante la mujer embarazada. Ante la suya o ante cualquier mujer embarazada, en una suerte de “gravidofilia’, rara como parafilia o enfermedad, pero bienvenida como expresión de la ‘diversidad’ sexual de las personas. Pero ésta es una actitud admirativa. Hay otras que son denigrantes, como la del varón que embaraza para someter y esclavizar a la mujer, llenarla de hijos para controlar sus celos. 


CONCLUSIONES 


La maternidad de nuestra época es más avara, menos generosa o dispendiosa que en otras épocas de la historia. Porque hay una nueva ‘responsabilidad paterna’, ya que de los hijos concebidos, casi todos van a llegar a término, y de los que nazcan, casi todos van a llegar a viejos (Flores Colombino 1997). Por eso, el valor de la vida de las embarazadas es cada vez más apreciado, porque escasean en el mundo del siglo XXI. La mitad o más, ha preferido abortar antes de sentir el estar embarazada. Cosa que no glorificamos, ni en uno ni en otro caso. La sexualidad de la mujer embarazada uno los dos vértices de su esencial naturaleza: la reproducción y el erotismo. Nadie como una mujer embarazada vive la plenitud de sus posibilidades sexuales. 


BIBLIOGRAFIA

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Andrés Flores Colombino. Médico psiquiatra, geriatra, sexólogo clínico acreditado. Docente. 

Presidente de la Federación Latinoamericana de Sociedades de Sexologia y Educación Sexual (FLASSES) (2002-2006) 

Miembro del Comité Consultor de FLASSES (2006-2010) 

Presidente de la Sociedad Uruguaya de Sexología (SUS) (2006-2008) 

Profesor de Sexologia Clinica de la Fac. de Medicina de la UdelaR. 



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